domingo, 3 de junio de 2018

¿A qué sabe la luna?


Estamos trabajando este cuento. Después de contarlo hemos empezado a aprender a dibujar cada uno de los animales que en él aparecen.
Empezamos por la tortuga: 


NARRADORA:
Hacía mucho tiempo que los animales deseaban averiguar a qué sabía la luna.
¿Sería dulce o salada?
Tan solo querían probar un pedacito.
Por las noches, miraban ansiosos hacia el cielo.
Se estiraban e intentaban cogerla, alargando el cuello, las piernas y los brazos.
Pero todo fue en vano, y ni el animal más grande pudo alcanzarla.
Un buen día, la pequeña tortuga decidió subir a la montaña más alta para poder tocar la luna.
Desde allí arriba, la luna estaba más cerca; pero la tortuga no podía tocarla.
TORTUGA:
― Es muy difícil. está muy lejos.
― Señora elefanta. ¿Me ayuda? ¡¡¡Elefantaaa a a. . . !!!
― Si te subes a mi espalda, tal vez lleguemos a la luna.
NARRADORA:
La elefanta pensó que se trataba de un juego y, cuando se acercaba a la luna, ella se alejaba un poco.
Como la elefanta no pudo tocar la luna, llamó a la jirafa.
ELEFANTA:
― Señora jirafa. Si te subes a mi espalda, a lo mejor la alcanzamos. ¡¡¡Jirafaaa a a. . . !!!
NARRADORA:
Pero al ver a la jirafa, la luna se distanció un poco más.
La jirafa estiró y estiró el cuello cuanto pudo, pero no sirvió de nada.
Y llamó a la cebra.
JIRAFA:
― Señora cebra. Si te subes a mi espalda, es probable que nos acerquemos más a ella. ¡¡¡Cebraaa a a. . . !!!
NARRADORA:
La luna empezaba a divertirse con aquel juego, y se alejó otro poquito.
La cebra se esforzó mucho, mucho, pero tampoco pudo tocar la luna.
Y llamó al león.
CEBRA:
― Señor león. Si te subes a mi espalda, quizá podamos alcanzarla. ¡¡¡Leóoo o on . . !!!
NARRADORA:
Pero cuando la luna vio al león, volvió a subir algo más.
Tampoco esta vez lograron tocar la luna, y llamaron al zorro.
LEÓN:
― Señor zorro. Verás cómo lo conseguimos si te subes a mi espalda. ¡¡¡Zorrooo o o. . . !!!
NARRADORA:
Al avistar al zorro, la luna se alejó de nuevo.
Ahora solo faltaba un poquito de nada para tocar la luna, pero esta se desvanecía más y más.
Y el zorro llamó a la mona.
ZORRO:
― Señora mona. Seguro que esta vez lo logramos. ¡Anda, súbete a mi espalda! ¡¡¡Monaaa a a. . . !!!
NARRADORA:
La luna vio a la mona y retrocedió.
La mona ya podría oler la luna, pero de tocarla, ¡ni hablar!
Y llamó al ratón.
MONA:
― Señor ratón. Súbete a mi espalda y tocaremos la luna. ¡¡¡Ratóoo o on!!!
LUNA:
― Seguro que un animal tan pequeño no podrá cogerme.
NARRADORA:
Y como empezaba a aburrirse con aquel juego, la luna se quedó justo donde estaba.
Entonces, el ratón subió por encima
de la tortuga,
de la elefanta,
de la jirafa,
de la cebra,
de la leona,
del zorro,
de la mona
y…
…de un mordisco,
arrancó un trozo pequeño de luna.
Lo saboreó complacido y después fue dando un pedacito
al mono,
al zorro,
al león,
a la cebra,
a la jirafa,
al elefante
y a la tortuga.
Y la luna les supo exactamente a aquello que más le gustaba a cada uno.
Aquella noche, los animales durmieron muy muy juntos.
(Hacen como que todos duermen juntos)
El pez, que lo había visto todo y no entendía nada, dijo:
PEZ:
― ¡Vaya, vaya! Tanto esfuerzo para llegar a esa luna que está en el cielo.
¿Acaso no verán que aquí, en el agua, hay otra más cerca?
¿A QUÉ SABE LA LUNA?
Michael Grejniec.
Traducción al castellano: Carmen Barreiro.
Kalandraka Editora, 1999.